Quizá me confundí de calle y de aventura pero ya me conocen sus farolas y el alba, ya conocen mi sombra, mi canción, mi tristeza y esta costumbre vieja de andar erguido y solo.
Lo que pueda contaros es todo lo que sé desde el dolor y eso nunca se inventa.
Porque llegar aquí fue una larga sentina, un extraño viaje, una curva de sangre sobre el río, mientras todo era un grito y ya se perfilaba resuelto en latigazos el crepúsculo.
Las historias se cuentan con los ojos del frío y algún sabor a sal y paso a paso -lengua y camino- porque la sangre se nos va despacio, sin borbotón apenas, desmadejadamente por los labios.